Un espacio para cosas profundas, banales, estúpidas, interesantes. Simplemente para hablar sobre cosas que me alegran, me entristecen, me hacen pensar, me parecen insólitas. En fin, un espacio para lo que sea
lunes, 6 de junio de 2011
Shit happens!
Luis Alejandro López
Los que me conocen desde hace algún tiempo sabrán que habitualmente me suelen pasar cosas insólitas, algunos le llaman pava o mala suerte; la verdad no sé qué será, pero es algo que toda la vida me ha perseguido. Por citar tan sólo un ejemplo: un 24 de diciembre se me explotaron dos cauchos del carro, y ojo que no fueron los dos en un mismo episodio, fue uno tipo 8:00 p.m. y luego otro en un sitio distinto como a las 4:00 a.m. Obviamente, no tenía dos cauchos de repuesto, así que se imaginarán qué bonita navidad.
Igual eso no me mortifica mucho porque son cosas que al final siempre se resuelven, aparte me terminan dando mucha risa y, encima, me dan nuevas anécdotas para contar. Hace poco me pasó algo así, al principio me preocupé, pero por suerte, una vez más, pude reírme de esta nueva aventura. Ahora sí, empiezo el cuento…
Como algunos saben, hace poco me mudé a un nuevo departamento. Hace un par de días me levanté normalmente como un día cualquiera, fui a la cocina y me di cuenta que estaba hecha un desastre. Como a la papelera ya no le cabía absolutamente más nada, saqué la bolsa para dejarla en un cuartito que está fuera del departamento donde todo el mundo tira allí los desperdicios.
El hecho es que salí tal cual me levanté porque era una cosa de 30 segundos como máximo, es decir, que estaba descalzo, con una franela toda rota, un short desteñido y mugriento, aún no me había lavado la cara y por supuesto, mucho menos me había peinado. El caso es que de lo más inocente fui a tirar mi bolsa de basura cuando escuché un portazo. Lo único que pude decir, o más bien, exclamar, fue: “¡La puta madre!” Sí señores, la puerta de mi departamento se cerró con las llaves adentro.
Decidí no entrar en desesperación, pero rápidamente el pensar en tener que pagar un cerrajero para el cual no tengo plata, me puso los nervios de punta. Aparte, cómo salía en ese estado a la calle y para colmo sin un peso en los bolsillos. Luego de pensarlo un poco y forcejear la puerta como un autómata pensando que se iba a abrir mágicamente, opté por la única salida posible: tocarle el timbre al conserje del edificio.
Por fortuna no me crucé a nadie del edificio en ese trayecto. Finalmente, el conserje subió con una radiografía para intentar abrir la puerta, estuvimos como media hora en eso hasta que me dijo: “Che, tenés que llamar a un cerrajero, no hay espacio para meter la radiografía”. Ya a punto de bajar a su casa para llamar a un cerrajero, hizo un último intento y…. ¡abrió!
Por supuesto, ahora cada vez que abro la puerta me aseguro de tener las llaves, ya ando hasta medio paranoico con eso. Claramente tengo que sacarles una copia y dárselas a alguien de confianza por si me pasa algo similar. Pero bueno, al final, pude reírme una vez más de mis desgracias.
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